La educación se constituye, además, como un proceso dinámico en continua articulación entre lo que adapta y lo que innova, pesar de las dificultades y contradicciones que ese funcionamiento genera. La acción del tiempo en la educación es fundamental, puesto que constituye el resultado de la combinación de una serie de elementos en el marco de un sistema cultural que rige un determinado lugar y para una cierta época. La educación es la fusión de horizontes, transmite el pasado desde un presenta socio-cultural y proyectando un futuro desde la interpretación que de ese pasado ejecuta el presente (Gadamer, 1988).
Hasta qué punto el proceso educativo presenta un componente artístico o intuitivo en su construcción, o hasta qué punto la educación puede ser totalmente sistematizada, es uno de los aspectos en debate en la gran variedad de definiciones del vocablo que se han barajado a lo largo de la historia del pensamiento.
Padeia Griega
Desde los ideales de la Paideia griega que estructuraron la educación entorno a la adquisición de la areté –la virtud- a través del cultivo de las artes y de la filosofía (lo que en términos clásicos vendría a ser el humanismo), pasando por el conductismo anglo-sajón de Skinner, que en los años cincuenta defendía la educación como una modalidad de tecnología de la conducta, hasta nuestros días, en que se concibe la educación como la adquisición significativa de conocimientos en cambio permanente, el concepto ha ido transformándose en función del momento histórico y cultural, dando más o menos peso a la capacidad de aprendizaje de los seres humanos: qué pueden aprender, cómo lo hacen, y especialmente, qué es lo fundamental para poder decir que un hombre o una mujer fueron correctamente educados.
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